martes, 13 de marzo de 2012

MADRID I: MIS COSAS

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Me encanta Madrid, la ciudad donde me crié y donde he vivido la mayor parte de mi vida. Pero Madrid es una ciudad contradictoria,  mesetaria y cosmopolita, como su gente, acogedora y chulesca. Es difícil encontrar madrileños de tres generaciones, tal vez por eso sea un crisol de los defectos y las virtudes nacionales, y hoy ya internacionales. Los madrileños desengancharon los caballos para tirar de la carroza de Fernando VII a su entrada en la capital, al grito ominoso de “¡Viva las cadenas!” y algo más de un siglo después dieron un ejemplo al mundo con la heroica defensa de Madrid, al grito de “¡No pasarán”! Esa chulería del madrileño de los sainetes de Arniches llegó al paroxismo con el matonismo fascista de los señoritos falangistas. Hoy ese talante navajero sólo se puede palpar, casi como una reliquia, en la presidenta de la Comunidad de Madrid y en el estadio Santiago Bernabéu. A los madrileños se les conoce desde el siglo XIX con el patronímico de “gatos”, por su afición a la vida nocturna y hacen gala de ello, ofreciendo una noche sin parangón, no ya en Europa, sino en el mundo, con una oferta de diversión y gastronomía impresionante. Para quienes vivimos en una ciudad cercada por la violencia y el miedo, Caracas, no Bagdad, pasear por Madrid en la madrugada desafiando el frío, no el secuestro, es una experiencia vivificadora. Quitando La Castellana y una parte de la calle de Alcalá, Madrid no tiene las anchuras de París, pero para muchos tiene las hechuras de Buenos Aires. Eso la hace más “paseable”. Los kilómetros que caminé en Madrid tuvieron un efecto compensatorio frente a los excesos gastronómicos navideños, dejando el engorde en cifras manejables. En este terreno, el gastronómico, tuve algunas frustraciones  y unas agradables sorpresas. Mi ya amigo, el chef venezolano Daniele Scelza, ha montado un restaurante, hace unos meses, cuyo concepto y ubicación de por sí constituyen un valiente reto. En los bajos de un edificio, creo que del siglo XVIII, si no del XVII, en la calle Amnistía, entre el Palacio de la Ópera y el palacio de Oriente, nada menos, el restaurante Lieu, con elegante decoración minimalista y capacidad para unas 50 personas, a ojo, y una barra coqueta, que ofrece una cocina de autor, corta y con productos de mercado, amorosamente cuidada en el detalle por Daniele, su creador, que sale del fogón, en este caso de la actualísima cocina, a la vista, como marcan los cánones de la moderna restauración, para atender a los comensales junto a su simpática esposa Marielena, y un equipo de eficientes, educados y atentos camareros. De las dos veces que estuve, recorriendo los aconsejados menúes largos y estrechos, recuerdo especialmente el falso ravioli transparente de tomate, la crema de calabaza con compota de manzana y crujiente de morcilla; el bacalao al horno con costra de pan, espinacas a la catalana y alioli; el magret de pato con salsa de naranja y puré de brócoli y unos extraordinarios postres, como el chocolate con aceite de oliva, tejas y granita de vino tinto, o el tocino de cielo helado con sopa de maracuyá y espuma de moscatel. Todo delicioso. A no olvidar la más que honesta cava con un centenar de etiquetas. Daniele, hasta pronto.  Pude comprobar que el consomé, las croquetas y el jerez de Lhardy siguen siendo únicos. Me descubrieron una simpática, popular  y concurridísima taberna gallega, la Maceiras,  en la calle Huertas, donde comí unas alubias, feixóns o xudías en gallego,  con almejas, absolutamente imperiales. Hicimos una gran mesa redonda alrededor de dos arroces en paella, uno de marisco y otro negro, en Los arroces de Segis. Excelentes, recomendables. Lo malo es que a mí los sitios tan grandes y con tanto personal me producen un poco de agarofobia. La Peque nos hizo un riquísimo pan de jamón y un sabrosísimo pan de salmón, ambos de hojaldre. Le he copiado la receta de este último, pero no me sale tan bien como a ella; debe ser la calidad del hojaldre. Mi prima Conchita nos hizo un rabo de toro, no ya difícil de olvidar, sino un recuerdo gustativo que todavía evoco. Y tengo que hacer una mención especial, con honores de fanfarria, al pulpo y el cordero de Maribel en Nochebuena y a los vinos de Carlos Javier.  Las decepciones fueron especialmente el no haber comido un cocido, me recomendaron uno en El Escorial, creo que El Charolés, pero como todos los sitios de moda en Madrid hay que hacer reservaciones, de todas maneras, este fallo es imperdonable. Tampoco pude encontrar percebes decentes. El consumismo navideño arrasó con ellos, a pesar de que llegaron a los 400 euros el kilo. La mala programación del tiempo nos impidió también hacer dos visitas obligadas a los mercados de San Antón y el de San Miguel, sobre todo a este último, para comer ostras de Arcachon o de Arcade, que tanto monta, monta tanto, con champán francés, o con cava catalán. Y, por último, como los turistas mayameros de los años setenta, los de “ta barato, dame dos”, compramos y compramos compulsivamente, con y sin rebajas, ropa, tabletas, celulares, cosas de casa, libros y más libros y maletas para traer todo. Venezuela es un país peligroso, surrealista, sin libertades, desabastecido y carísimo. Los precios nos parecían un regalo al cambio del euro subvencionado, y sencillamente más baratos a euro libre. Siempre nos quedará Madrid.

jueves, 23 de febrero de 2012

BARCELONA

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¡Qué le voy a hacer si yo... nací en el Mediterráneo...! Sí,  y a poca distancia de donde nació Serrat, casi al mismo tiempo. Tal vez por eso esa sea mi canción favorita y por lo que cada vez que voy a Barcelona siento que mi ciclo vital debería cerrase donde empezó, como un círculo virtuoso. Barcelona me espera. Por eso no puedo ser objetivo, ni lo pretendo. Barcelona se convirtió a principìos del siglo XX en una ciudadpreciosa y hoy es una ciudad espectacular. La ciudad gótica, la de la Ribera, la Catedral, la de Santa María del Mar, la del Consell del Cent, del Borne, dela Boquería, la Rambla; la ciudad burguesa del Ensanche, del Passeig de Gràcia, de la Diagonal, la ciudad industrial que se proyectó al futuro, a la ciudad de servicios, con los Juegos Olímpicos del 1992, abriéndose definitivamente al mar; la ciudad del arte, del modernismo, de Gaudí, la ciudad del puerto, de la Barceloneta, de su oferta gastronómica, de sus champanerías, de la sombra de Ferrán Adriá, del Liceu y el Palau de la Música, la Barcelona de Tàpies, de Picasso y de Miró. Barcelona tiene algo de Milán, de Roma, de Bologna, de Ferrara y hasta de París, con la mejor gastronomía del mundo... y frente al mar.
Estuvimos cuatro intensos días en Barcelona acompañando a Noela en una especie de journey iniciático, que quería mostrar, emocionada y nostálgicamente, a su hija Clara algunos escenarios de una época de su juventud. La experiencia valio la pena. Para todos.  Entre miles de japoneses, rusos, alemanes e italianos, disfrutamos de un clima casi primaveral, que nos permitió recorrer interminablemente los sitios más emblemáticos, algunos, incluso, por primera vez, como la basílica de Santa María del Mar, azuzado, lo reconozco, por la lectura de la bonita novela de Ildefonso Falcones, La catedral del mar. Me impresionó su belleza austera, su espigada espiritualidad, en contraste con la rechonchez plutocrática del San Pedro romano que acababa de revisitar.  Avisado por mi amigo Daniele, el chef venezolano, nos instalamos todas las mañanas en el bar Pinotxo, de la Boquería, a desayunar con tenedor y cuchara... y cava.  Joan, su emblemático propietario, que me dedicó cariñosamente su libro de recetas, nos hacía iniciar el día a base de tortilla de espinacas, pulpitos con alubias, garbanzos guisados, gamba roja, etc. Descubrí en la Barceloneta un restaurante absolutamente recomendable, el Port Vell, con una cocina honesta y abundante y un rape suculento. Los pinchos del Txapela en el Paseo de Gracia, son otro imperdible. Lástima que no tuve tiempo, las reservaciones son de semanas, de ir al nuevo templo de los pinchos, el Ticket, de Ferrán Adriá, en Poble Sec. Pero sí me tropecé con Ferrán en la Rambla una tarde, lo abordé, lo saludé, charlamos un momento y me faltó la rapidez, o la costumbre, de sacar el teléfono para fotografiarme con él. Tuve mi experiencia mística en el Nou Camp, cuyo Museo  todavía no conocía y se me puso la carne de gallina saliendo al campo por el túnel de vestuarios, mientras sonaba el himno del Barça. Me volví a asombrar del genio de Gaudí en el Parque Güell y en la Pedrera.  Husmeamos y compramos en el mercadillo de antigüedades de la Plaza de la Catedral y caminamos una y otra vez, incansablemente, por las callejas del barrio gótico, Porta Ferrissa abajo y arriba, a izquierda y a derecha, deteniéndonos, de pronto, para oír a unos improvisados tenores. No se podía hacer más en cuatro días. Cenamos  en el Puerto Olímpico con algunos queridos primos hermanos a los que no veía desde hacía décadas, muchas. Faltaron algunos, uno, César, murió la semana pasada. Quedamos en volver a vernos en junio. Barcelona m’ espera.  Tornarem aviat.